“¡Qué rico culo!”: el acoso machista y el subdesarrollo social

Nunca me había “tocado” tanto el  acoso sexual callejero a las mujeres. Una reunión con un grupo interdisciplinario convocada por la consultora “Copiloto” me hizo ver la gravedad de esta pandemia, una de las representaciones de violencia más arraigadas en la cultura callejera patéticamente naturalizada por los medios de comunicación y convertida en parte de la “experiencia urbana”.

Quizá muchos hombres no sepan que las mujeres dejan de salir a la calle por miedo a que un carro –Tico o Audi- conducido por un hombre –joven o viejo- detenga su camino para espetar, con gesto salivante, las bondades de sus piernas.

Probablemente tampoco sepan que cuando deciden salir, luego de pensarla mil veces, las mujeres evitan caminar por donde hay grupos de hombres –sin importar la edad o nivel socioeconómico- pues lo usual será un comentario desenfadado acerca de sus “tetas”.

Acaso también muchos hombres ignoren que pasar al lado de una construcción signifique para las mujeres sudar frío, por el calibre agresivo con que los constructores que allí laboran, para consagrar su “machedad”, se refieran a sus generosos “culos”.

Ignorantes. Eso somos (o éramos algunos), al no dimensionar el tema en su (in)justa proporción. Al comentar el asunto con mi novia, mis alumnas o mi hermana, la cara que dibujan es inequívoca: un asco resignado. Y se me cae la cara de vergüenza de no haberlo comprendido antes.

En la vereda contraria se exhiben dos muy bien diseñados discursos. Primero, uno defensivo: “son piropos… un reconocimiento a la belleza femenina” (como si gesticular obscenidades tuviera un valor estético apreciable). Segundo, cuando lo primero se desvanece, viene el argumento ofensivo: “quién las manda a vestirse así”. Ergo, la culpa es de las agredidas, por provocarnos que aflore tanta mierda de nuestros testículos.

Este artículo, que quede claro, no es una reflexión moral desfasada. Es un llamado de atención urgente a las autoridades para combatir un atentado social contra la libertad fundamental de las personas. Y no digo libertad de las mujeres solamente, porque directa o indirectamente, atañe también a los hombres. Sobre todo a aquellos como yo, poco interesados (o incapaces, en mi caso) en marchar por el mundo propinando golpes para “reeducar” a otros sujetos.

Ayer vi un comercial de Pilsen, por el día del amigo (sería del “día del amigo hombre”, por cierto). En una escena, un personaje que va a comprar cerveza en un grifo mira a una mujer con el mismo deseo con que miró antes la botella. Ambas son cosas deseables, intercambiables y desechables. Y la mujer, como en casi toda la publicidad, es parte del decorado. El rol que aquí juegan los medios de comunicación (¡vaya novedad!) es indigno.

El tema no es fácil, sin embargo. “Cuando un hombre que está feo me dice algo, me parece asqueroso”, me dice una mujer, “pero cuando está bueno, me gusta”. ¿Cuál es el límite entre el halago y el agravio? “La mirada”, puede ser. “El tono de voz”, también. Pero cortemos por lo sano, sobre todo porque este delito se configura, como agravante, en función a un abuso de poder. Una valiente reacción le puede costar a la mujer incluso un golpe, de manera que será mejor generar una política pública que nos recuerde que la calle no es feudo de nadie y que, por lo tanto, sancione drásticamente a quien se dirija a quien no conoce, más aún para insinuar (insultar) nada.

“¿No tienen madre, esposa, hermana o hija?”, me pregunta indignada una amiga cuando me habla del tema. Mi hipótesis es que sí las tienen, pero no importa. El discurso social de la mujer como propiedad privada, en esa suerte de capitalismo sexual en que se nos ha educado –y cuya responsabilidad cae sobre la mujer y el hombre en igual medida-, no puede subsistir en una sociedad que dice mirar al desarrollo. Ese “desarrollo”, usado hasta la saciedad por los medios de comunicación para aludir a la economía, debe incorporar también la noción fundamental de libertad y felicidad. ¿De qué “desarrollo” hablamos si  decir “homosexual” en una calle es un insulto, y gritar “¡qué rico culo!”, parte de un “derecho” que heredamos a nuestros hijos?

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P.D.1: Se está implementando un Observatorio Virtual contra el Acoso Sexual Callejero como parte de un proyecto de estudiantes de la Universidad Católica (PUCP), vale la pena seguirle la pista.

P.D.2: Dejo un video de una campaña argentina a propósito del tema (aunque creo que ilustra la perspectiva del acoso, no llega a hacernos comprender la dimensión del abuso en su real sentido):

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