Mirar al pasado para volver al futuro

Cada época define sus propios placeres. Durante siglos, y más aún en las últimas décadas, un elemento constitutivo del placer está en poseer cosas. Sin embargo, mirar al futuro puede resultar no tan placentero, pues el exagerado consumismo viene aunado a un incremento imparable de la población y a una cantidad de recursos cada vez más limitados. ¿Dónde está la solución a esta encrucijada? Parece que en el pasado.

Séneca, hace ya casi 2000 años, dijo algo que suena como a precepto católico, pero que bien podría tener aplicaciones económicas: “no hay placer en poseer una  cosa no compartida”. Antes existía el intercambio, también conocido como trueque, pero fue desapareciendo debido a la introducción del sistema monetario; es decir, por el uso de monedas y billetes que en sí mismos no valen nada, pero cuyo respaldo se basa principalmente en la relación entre lo que el Estado dice que vale y la fe de las personas para creerlo.

El capitalismo se ha extendido sobre el sistema monetario y se ha basado en una lógica de consumo en la que prima la posesión permanente de cosas. La búsqueda de diferenciación ha dado paso a las marcas, que son una justificación para pagar más por cosas que, en sí mismas, costarían mucho menos. Además, los objetos tienen una obsolescencia programada cada vez menor. En otras palabras, la gente está dispuesta a pagar cada vez más por tener cosas que les duran cada vez menos y, paradójicamente, que usan cada vez menos.

La situación actual, marcada por una crisis económica de un nivel que no se recordaba probablemente desde la Gran Depresión, nos obliga a hacernos algunas preguntas: ¿por qué consumimos tanto? ¿Por qué estamos dispuestos a pagar tanto por cosas que bien podrían costar 10 o 100 veces menos? ¿Por qué ya casi no se usa el intercambio? ¿Por qué el alquiler es una fracción reducida frente a la compra permanente si muchos de los objetos que tenemos los usamos cada vez menos? No usamos el auto las 24 horas, si compramos una película lo más probable es que la veamos una o dos veces y luego no la volvamos a ver.

Un sector del mercado está virando, poco a poco, a opciones más inteligentes y que se acomoden al consumidor de hoy. Pasó hace unos años con la propuesta de Apple de vender canciones a $0.99 a través de iTunes. Ya no tengo que gastar en comprar todo el disco si no lo deseo, compro solo las canciones que quiero escuchar. Igual pasa hoy con Netflix, que ingresó hace unos meses a América Latina, ofreciendo una amplia gama de series y películas, sin obligarnos a pagar mucho dinero por tener 100 canales de los cuales uno solo ve 5, sino que uno paga, esencialmente, por lo que ve. En ambos casos, esto permite al usuario pagar por lo que realmente desea consumir y de forma legal, siendo una vía para desalentar la piratería.

Otras opciones que se encuentran bajo la filosofía del consumo colaborativo son el Banco del Tiempo, que hace unos años abrió en Chile su primera agencia sudamericana; la web de Libros Compartidos; el sistema de préstamo de bicicletas, que en las últimas décadas se ha ampliado a varios países y este año ya lo tenemos en Perú; el mismo sistema pero aplicado a autos, con casos como Zipcar, en EEUU, y uno más reciente en México, llamado Ubicar México (BMW y Peugeot también han estado explorando este mercado).

Como dice Rachel Botsman, autora de “What is Mine is Yours”: “las redes sociales y las tecnologías en tiempo real nos están llevando al pasado: hacer trueque, intercambiar, compartir (…) hemos cableado el mundo para compartir”. Un claro ejemplo sigue siendo Wikipedia, que ha dado pie a diversos proyectos ligados con el concepto de crowdsourcing. ¿Qué proyectos de este tipo existen en el Perú? ¿Sobre qué temas podría haber proyectos de consumo colaborativo? ¿Afectarían positivamente la economía del país o no? ¿Podrían trabajarse proyectos de este tipo para facilitar procesos y conocimientos al interior del Estado? Son algunas preguntas que se me quedan en la cabeza.

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