El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht
Probablemente de entre todos los tipos de analfabetismo, el político sea el más extendido, el único que se adopta -incluso con cierto orgullo- por decisión propia y, tal vez, sobre el que menos sabemos.
En nuestro país, la tasa de analfabetismo es una cifra clave. Cuando de países se trata todo tiene una cifra y toda cifra una explicación. Como bien saben los políticos, en el imaginario social los números pesan y, en determinadas circunstancias, el “%” vale más que el “$”. El analfabetismo es un tema crítico que ha provocado la generación de cifras tratando de ser exactas, de explicaciones tratando de ser claras y de fechas tratando de ser definitivas. Hay un número de analfabetos literales, un número de analfabetos funcionales, de repente hasta ya hay un número para afrontar el reciente concepto de analfabetos tecnológicos. Pero si preguntara cuál es el número de analfabetos políticos, ¿habría respuesta?
El Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú realizó un sondeo en septiembre del presente , cuyo objetivo era la Evaluación de autoridades e instituciones: opinión acerca de la coyuntura actual(1):
“Los resultados han sido desalentadores. De los 35 congresistas de Lima, el 70% de los limeños no da un solo nombre. El parlamentario más recordado tiene un escaso 9%. Ni los principales líderes de los partidos, ni los más expuestos a los medios, superan el 10% de recordación. Esto es altamente preocupante, pues estamos delante los representantes políticos en el parlamento nacional. A nivel local, uno de cada cuatro limeños no conoce quién es su alcalde. Y, en relación a los ministros de estado, el 87% de la población no conoce el nombre de un solo ministro. El más nombrado es el Ministro de Defensa, debido a su alta exposición mediática. El resto tiene un nivel de recordación menor al 4%.
Esta situación puede deberse al gran desinterés sobre la política de la mayoría de los peruanos. Sólo en el caso de Lima, un 63% le interesa poco o nada la política. Si el interés no existe, el desconocimiento de las autoridades es también alto. Pero el desconocer a las autoridades y/o representantes políticos,mella la calidad de la representación, la participación y el control ciudadano”.
El desconocimiento puede relacionarse con falta de información, ya sea porque los medios no la difunden o porque hay ciudadanos que no tienen acceso a ella. Sin embargo, en el caso del analfabeto político, es el desinterés la ruta más rápida hacia el desconocimiento y, al mismo tiempo, el desconocimiento se convierte en el mejor atajo hacia el desinterés.
Reflejo de esto puede ser el resultado de una pregunta que aparece en el documento Eclipse en la Representación Política, editado por Calandria (2). Ante la pregunta ¿cree usted que los partidos políticos deben abrir canales de participación a los grupos de ciudadanos independientes y a las organizaciones sociales?, la respuesta es un contundente No con 89.6%.
En un seminario internacional sobre comunicación y política, un congresista peruano que estuvo como panelista hizo alusión a esta pregunta, para proseguir afirmando que no tenía mucho sentido invertir en ampliar los canales de comunicación, incluso a pesar de las nuevas TIC, ya que resultados como este demostraban que a la gente no le interesa comunicarse con sus representantes (3). Suena correcto, lógicamente hablando. ¿Pero es una afirmación coherente con la labor de un representante? Lo menos que diría es que es un razonamiento simplista.
Se entiende que una buena representación supone, entre otras cosas, una buena comunicación. Ergo, la opción correcta no parece ser renunciar a la comunicación, sino más bien entender por qué es que a un 89.6% de ciudadanos no le interesa que los partidos políticos abran canales de participación. Hay muchas causas para este desinterés, pero quiero mencionar una en especial, por ser recurrente en el espacio mediático: nuestro Congreso.
Aunque uno no esté interesado en la política, es casi imposible no enterarse de los escándalos de los congresistas, desde el “come pollo” hasta la “roba luz”, que han llevado al Congreso -nuevamente- a una crisis de imagen, resumida en el titular de un diario local: “82 legisladores denunciados. El Congreso no levanta cabeza” (4). Es decir, casi el 70% de nuestros congresistas han sido denunciados al menos una vez.
La frase de Brecht que abre este artículo es dura, pero creo que no deja de ser cierta. Sin embargo, tenemos que reconocer que el desinterés en la política no es gratuito. A pesar de ello, o justamente por ello, es que informarse es necesario. Como afirma Ignacio Ramonet, “…querer informarse sin esfuerzo es una ilusión que remite al mito publicitario antes que a la movilización cívica. Informarse fatiga. Ese es el precio que un ciudadano paga para tener el derecho de participar con inteligencia en la vida democrática”(5). No hacerlo nos lleva por la ruta placentera del no saber, cuyo costo es que es la misma ruta dolorosa del acatar sin cuestionar.
Por Omar Taupier, comunicador social.





