Buen ciudadano, buen consumidor

En el río amazonas, en la región Loreto, la motonave Camila se hundió ocasionando la muerte de más de una veintena de personas. La razón: se estima que en la embarcación viajaban 280 personas, pese a que sólo tenía capacidad para 180. Es decir, la embarcación Camila, al momento del naufragio, transportaba un excedente de pasajeros de aproximadamente 100 personas (64% más de su capacidad regular) sumado a la carga que cada una de estas personas trasladaba consigo.

El accidente, por definición, es aquel suceso imposible de prever que genera un daño. Los accidentes no son accidente cuando se pueden pronosticar. El hundimiento de una embarcación que transporta un número significativamente superior de personas de las que puede regularmente transportar, el descarrilamiento de un bus interprovincial en la ruta Lima-Arequipa luego de que el conductor ha cumplido su hora número 15 de manejo sin cabecear, no es un accidente. Aquellos sucesos son previsibles no sólo para el motorista y el conductor, sino también para los que utilizan el servicio: los consumidores.

Ser un buen ciudadano incluye ser un buen consumidor” es una frase que he escuchado muchas veces y que recuerdo cada vez que me entero de estos lamentables sucesos. Es aterrador que usuarios de diversos servicios tengan que perder la vida, sufrir un daño o pasar un susto innecesario debido a excesos cometidos por aquellos que no saben identificar el límite y aprovechan la débil exigencia para brindar un mal servicio.

Ante esto, me pregunto bajo qué criterios los ciudadanos nos resignamos a que los proveedores de servicios nos vean como seres inanimados sin capacidad de exigir calidad (o al menos seguridad) en los servicios que brindan. Es cierto que en muchas regiones del país la demanda de servicios es muy alta y los recursos para satisfacerla son muy escasos; sin embargo, aún así, estoy seguro que los ciudadanos tenemos la fuerza necesaria para que todo servicio que se brinde cumpla estándares mínimos de calidad y seguridad.

Un buen ciudadano evita que el bus en el que se transporte exceda la velocidad máxima, un buen ciudadano impide que una embarcación transporte más peso del que su capacidad permite, un buen ciudadano exige que sus derechos se respeten. Los usuarios de los servicios no deben ser pasivos. Los proveedores de servicios deben encontrarse al servicio del ciudadano y no viceversa. Pero para eso se debe exigir y no intimidarse.

Un ejercicio responsable de la ciudadanía, manifestado en la exigencia de servicios que resguarden el bienestar de los consumidores, resultará en una sociedad más previsible, en la que se tenga una mayor calidad de vida y donde, principalmente, el eje central sea siempre el ciudadano.

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